Tejida con los hilos tenues del discurso amoroso, Los enamorados logra poner en evidencia cuán relativo puede llegar a ser el peso de la historia en la novela –¿acaso hay historia más conocida y codificada que la del amor?– frente al arte prodigioso de su narración.

Un hombre y una mujer joven, algo escéptico él –o así quiere creérselo–, pobre, frágil y propensa a la ilusión, ella. Ambos sin nombre, casi sin pasado, ella muy joven pero con una hija pequeña a cuestas; él, presuntamente escritor, huésped de hoteles de paso. Y, como trasfondo, Nueva York, la gran ciudad, con sus multitudes anónimas, en la que no es fácil encontrar “un lugar limpio y bien iluminado” y donde los personajes están radicalmente solos. Con estos mínimos elementos, el inglés Alfred Hayes (1911-1985), escritor y guionista poco traducido, rescatado del olvido por una editorial argentina, construye una novelita perfecta.

Entre sus virtudes, Los enamorados cuenta con una extrema levedad: su materia se compone de muy pocos de esos elementos considerados indispensables en los mundos novelescos, no hay aquí muebles pesados que la anclen sólidamente a la tierra. De lo que se trata es de contar una historia de amor, de recorrer con delicadeza e ironía esas figuras del discurso amoroso que incluso pueden llegar a catalogarse, como lo hizo Roland Barthes en sus “Fragmentos…”: abrazo, angustia, ausencia, celos, encuentro, llanto, mortificación, rapto, recuerdo… En la sutileza con que se crean los climas, en la agudeza de las observaciones sobre las contradicciones y ambigüedades de los personajes y en el manejo de los tiempos narrativos –el momento de la entrada en escena de un tercero, el tránsito de la pasividad a la desesperación, el intento de reconciliación–, reside gran parte del encanto de esta novela.

los enamorados

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Tejida con los hilos tenues del discurso amoroso, Los enamorados logra poner en evidencia cuán relativo puede llegar a ser el peso de la historia en la novela –¿acaso hay historia más conocida y codificada que la del amor?– frente al arte prodigioso de su narración.

Un hombre y una mujer joven, algo escéptico él –o así quiere creérselo–, pobre, frágil y propensa a la ilusión, ella. Ambos sin nombre, casi sin pasado, ella muy joven pero con una hija pequeña a cuestas; él, presuntamente escritor, huésped de hoteles de paso. Y, como trasfondo, Nueva York, la gran ciudad, con sus multitudes anónimas, en la que no es fácil encontrar “un lugar limpio y bien iluminado” y donde los personajes están radicalmente solos. Con estos mínimos elementos, el inglés Alfred Hayes (1911-1985), escritor y guionista poco traducido, rescatado del olvido por una editorial argentina, construye una novelita perfecta.

Entre sus virtudes, Los enamorados cuenta con una extrema levedad: su materia se compone de muy pocos de esos elementos considerados indispensables en los mundos novelescos, no hay aquí muebles pesados que la anclen sólidamente a la tierra. De lo que se trata es de contar una historia de amor, de recorrer con delicadeza e ironía esas figuras del discurso amoroso que incluso pueden llegar a catalogarse, como lo hizo Roland Barthes en sus “Fragmentos…”: abrazo, angustia, ausencia, celos, encuentro, llanto, mortificación, rapto, recuerdo… En la sutileza con que se crean los climas, en la agudeza de las observaciones sobre las contradicciones y ambigüedades de los personajes y en el manejo de los tiempos narrativos –el momento de la entrada en escena de un tercero, el tránsito de la pasividad a la desesperación, el intento de reconciliación–, reside gran parte del encanto de esta novela.