Fuente. Infobae

https://www.infobae.com/grandes-libros/2019/12/31/el-libro-del-verano-el-amor-de-una-abuela-y-su-nieta-y-la-vida-como-un-descubrimiento-continuo/

Mi amiga finlandesa se alegró cuando vio que estaba leyendo El libro del verano, de Tove Jansson. Se alegró, digo, aunque no alcanza para reflejar la sorpresa, la atención, la devoción con la que agarró el libro. Por un momento pensé que se lo iba a meter en la cartera con una sonrisa impúdica. Los libros tienen esa cualidad de llevar a la luz ciertos rasgos que solemos ocultar —y ocultarnos— bajo capas y capas de reglas, prejuicios, experiencias más o menos exitosas, fantasmagorías, mandatos, miedos, deseos: esa personalidad que se oculta por debajo de la personalidad que creemos tener.

Para entender la emoción de Eevamaija —Eeva, o más argentino: Eva—, habría que decir que Tove Jansson es la María Elena Walsh de ellos. En 1945, publicó Los Mumins y la gran inundación, dando origen a la saga de unos seres fantásticos que sería exitosísima y, aunque extrañamente todavía es desconocida en la Argentina, se tradujo a cincuenta idiomas, tuvo adaptaciones en historietas, obras de teatro y hasta se hicieron dibujos animados con la producción de un prócer del animé.

El libro del verano es la primera novela de Jansson para adultos, pero, como María Elena, trafica infancia en cada página. Está compuesto por una serie de viñetas o cuentos —así lo leí yo— protagonizados por una abuela, su nieta y el paisaje. No se puede leer El libro del verano sin sentir el viento de los fiordos, de la misma manera que no se puede leer Sudeste, de Haroldo Conti, sin sentir el calor del Paraná.

EL LIBRO DEL VERANO

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Mi amiga finlandesa se alegró cuando vio que estaba leyendo El libro del verano, de Tove Jansson. Se alegró, digo, aunque no alcanza para reflejar la sorpresa, la atención, la devoción con la que agarró el libro. Por un momento pensé que se lo iba a meter en la cartera con una sonrisa impúdica. Los libros tienen esa cualidad de llevar a la luz ciertos rasgos que solemos ocultar —y ocultarnos— bajo capas y capas de reglas, prejuicios, experiencias más o menos exitosas, fantasmagorías, mandatos, miedos, deseos: esa personalidad que se oculta por debajo de la personalidad que creemos tener.

Para entender la emoción de Eevamaija —Eeva, o más argentino: Eva—, habría que decir que Tove Jansson es la María Elena Walsh de ellos. En 1945, publicó Los Mumins y la gran inundación, dando origen a la saga de unos seres fantásticos que sería exitosísima y, aunque extrañamente todavía es desconocida en la Argentina, se tradujo a cincuenta idiomas, tuvo adaptaciones en historietas, obras de teatro y hasta se hicieron dibujos animados con la producción de un prócer del animé.

El libro del verano es la primera novela de Jansson para adultos, pero, como María Elena, trafica infancia en cada página. Está compuesto por una serie de viñetas o cuentos —así lo leí yo— protagonizados por una abuela, su nieta y el paisaje. No se puede leer El libro del verano sin sentir el viento de los fiordos, de la misma manera que no se puede leer Sudeste, de Haroldo Conti, sin sentir el calor del Paraná.